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Partidos políticos, candidatos y equipos de campaña tienen una enorme responsabilidad en cómo habrán de realizarse y concluirse los comicios en los que se decidirán más de tres mil cargos de elección popular (más que nunca antes en nuestra historia), incluida la elección presidencial más disputada.

El hecho de encontrarnos en un proceso electoral muy dinámico y competido es una señal de nuestro avance democrático. Éste es un activo nacional, construido por todos, y hay que apreciarlo, conservarlo y, en su caso, defenderlo. La madurez cívica de una sociedad y de su clase política es una aportación imprescindible para la paz social.

Es deseable que los candidatos, que representan corrientes y plataformas políticas, actúen con responsabilidad y diseñen sus acciones y discurso con énfasis en su oferta política, sus propuestas y sus compromisos.

Desde luego, acentuar la diferencia de su trayectoria o de su plataforma respecto de las otras opciones es un derecho y ofrece a los electores claridad y elementos para su análisis y voto. Destacar la propuesta propia no implica descalificar dogmáticamente la del adversario y menos recurrir a la difusión de informaciones falsas o exageradas para denigrarlo.

México es mucho más que unas elecciones y más, desde luego, que las aspiraciones partidarias o individuales de cualquier político. El proceso electoral de 2018 es una etapa, después de la cual el país seguirá su curso. Hay que subrayarlo para que la aspiración de ganar no conduzca a sembrar divisiones, odios o exclusiones.

Así pues, debe prevalecer la cordura, el discurso de unidad, el respeto a las propuestas ajenas y al derecho de todos de exponerlas.

Convocar a la unidad no despoja a nadie de sus ideas; permite, en cambio, que en lugar del sobresalto de la retórica del rompimiento, se transmita certeza a los electores, a la población entera y a la comunidad internacional.

El mensaje general que debemos darnos a nosotros mismos y al mundo es que gane quien gane las elecciones, los mexicanos estaremos más unidos que antes, en beneficio de nuestra paz social. Sólo con paz social tendremos probabilidades de enfrentar exitosamente nuestros múltiples y graves desafíos.

Si pasadas las elecciones nos encontramos divididos, con resentimientos y visiones excluyentes, todos perderemos.

En contraste, si luego de conocer los resultados tenemos la certeza de que por una parte, las mayorías ganadoras han actuado limpia y maduramente durante el proceso y la jornada electoral, y por otra parte, de que conducirán al país con absoluto respeto a las minorías, todos nos sentiremos incluidos y con espacios de participación.

De ahí la importancia de que vivamos campañas limpias, ajenas a la promoción de rencores, y orientadas al coincidente proyecto de país del que todos somos parte esencial. Aunque estas elecciones están lejos de darse en estos términos de madurez y responsabilidad política, es lo que los ciudadanos debemos exigir.

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