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El viernes pasado, el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, anunció una serie de medidas económicas radicales, como la de elevar los impuestos a las empresas, subir los precios de la gasolina a niveles internacionales y disparar el salario mínimo en 3 mil por ciento.

Esto último que algunos podrían creer que se trata de un buen empujón para mejorar el nivel de vida de los venezolanos, no es nada cuando se le compara con la hiperinflación que padecen, y que el FMI calcula que podría alcanzar este año hasta 1 millón por ciento. ¡Increíble pero cierto!

Los cambios incluyen una conversión con la que le eliminan cinco ceros a su moneda, que se suman a los tres que ya le había quitado Hugo Chávez. Su divisa, el ‘bolívar fuerte’, pasa a denominarse ‘bolívar soberano’.

Este es un ejemplo típico de un simple cambio cosmético, porque de fondo, le adelanto que no resolverá en absoluto el problema de la inflación en ese país, ni el desplome de su economía.

Y es que aunque Maduro le echa la culpa a las sanciones y bloqueos que le ha impuesto Estados Unidos, la realidad es que la causa de la enfermedad económica venezolana es el control que su gobierno ejerce en toda la economía.

No olvidemos que Venezuela no es el único país con sanciones por parte de Washington –ahí está Rusia, también, por ejemplo-, pero es la que tiene la moneda que más se devalúa de todo el planeta. Los bolívares están perdiendo valor todo el tiempo y a una gran velocidad.

La razón es que en Venezuela NO hay libertad económica. Por supuesto, tampoco existe el libre comercio; las autoridades fijan los precios y los salarios que quieren, derrochan dinero e imprimen billetes sin ton ni son para sufragar sus gastos, etc. Un completo desastre, que entre más controles le quieren aplicar, más corrupción y problemas generan.

Esa es la verdadera guerra económica interna que está matando –literalmente- de hambre a los venezolanos, y su máximo responsable es nada menos que el propio Maduro.

Querer combatir una enfermedad de intervencionismo estatal en la economía con más decretos, controles de precios, gasto público, subsidios, control cambiario, etc., es como tratar de apagar un incendio con gasolina.

Esta amarga experiencia debe servir como lección para todo el mundo: las economías controladas y planificadas fracasan el 100 por ciento de las veces, porque sólo los encargados de producir los bienes y servicios –los empresarios grandes y pequeños-, gracias a la guía que les provee el consumidor con sus compras, son quienes saben mejor que nadie lo que se debe producir o dejar de hacerlo.

Son los emprendedores los que con sus inversiones crean crecimiento y empleo para la gente, y por eso, mucho ayuda un gobierno que no estorba con altos impuestos, restricciones, controles de precios, déficit fiscal, corrupción y demás.

Los gobiernos deben ser garantes de la seguridad, la propiedad de personas y empresas, así como de sancionar a quien atente contra ellas.

Facilitar la inversión y respetar el derecho de todos de comprar y vender a precios libres, con quien se quiera, es una regla que nunca debería ser violada por gobierno alguno.

Maduro está haciendo justo lo contrario, por lo que desgraciadamente a los venezolanos no les quedan muchas opciones más allá de abandonar su país, lo que de paso está generando una auténtica crisis migratoria en vecinos como Colombia y Brasil.

Mientras se sigan cometiendo los mismos errores, Venezuela seguirá yéndose a un abismo sin fondo

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