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“La mejor manera de saber si puedes confiar en una persona, es confiar en ella”.

Ernest Hemingway.

En estricto sentido, las decisiones económicas que tomamos las personas deberían ser ajenas a la confianza. En principio, debería bastar la información dura y disponible que tenemos frente para ayudarnos a tomar las decisiones y elegir las alternativas que más nos convenga.

Lo mismo debería ocurrir tanto para decisiones individuales de personas que eligen productos de deuda o de inversión, o la compra de un televisor, que para grandes inversionistas institucionales que buscan localizar recursos entre distintas economías, distintos sectores y distintos países.

Sin embargo, la realidad es que no es inusual que los agentes económicos carezcamos de información completa, perfecta y adecuadamente interpretable lo que, con frecuencia, obliga utilizar la confianza que tenemos en la fuente de información, en el proveedor del servicio o en la persona que presenta la información o las alternativas frente a nosotros, como elemento relevante para efectos de tomar decisiones específicas.

Uno de los aspectos negativos de lo anterior es que, en muchos casos, productos financieros y que tienen un claro beneficio para los consumidores, son relegados en las decisiones frente a otros, probablemente de menor calidad, cuando la persona que los presenta es capaz de transmitir confianza, aun cuando esta sea infundada.

Cuando se habla de una economía nacional, la confianza es fundamental porque de ella se derivan decisiones que, en el largo plazo, afectan la conducta de inversionistas nacionales e internacionales y que se traduce, al final de cuentas, en recursos que permiten a la economía crecer, generar empleos y mantener un ritmo y estabilidad que beneficie en su conjunto a segmentos importantes de la población.

De ahí la importancia que tiene la confianza, con frecuencia menospreciada, al transmitir mensajes que generan confianza adecuada en la población, no sólo en el corto plazo, sino una expectativa de confianza institucional duradera que, por ejemplo, tratándose de fondos que localizan recursos, les llevan a creer que las condiciones de su inversión permanecerán relativamente estables en periodos largos de tiempo, particularmente cuando se trata de montos muy importantes que son visualizados como inversiones que requieren un retorno y estabilidad en el tiempo.

Por ello es fundamental que los gobiernos mantengan discursos y mensajes consistentes, basados en datos, que transmitan esa visión de confianza en general a la población y a los actores económicos, para que estos sean capaces de tomar decisiones más estables, sin que éstas se vean influenciadas por temores (reales o infundados) sobre el comportamiento futuro de un gobierno y su impacto sobre la economía.

Esta semana asisto a la 23ª Conferencia Latinoamericana de Santander de Emisoras Públicas e Inversionistas en la que es posible constatar la importancia que los inversionistas asignan a la confianza par determinar sus decisiones de inversión. Coincidentemente, esta semana, el nuevo gobierno mexicano logró su primera emisión de bonos en mercados internacionales, que tuvo una respuesta en principio favorable.

La respuesta representa, aunque de manera en cierta forma acostada, un voto de confianza de los mercados internacionales frente a las perspectivas del comportamiento futuro de las políticas públicas. Mantener esa confianza es fundamental si queremos que las personas en lo individual y los inversionistas nacionales y extranjeros, mantengan una visión positiva del crecimiento y el comportamiento futuro de la economía mexicana; para que esta se traduzca, a la larga, en condiciones que favorezcan el empleo y el crecimiento económico, porque sólo a través de ello será factible mejorar las condiciones de vida de la mayoría de la población.

Asegurar consistencia en los mensajes y confianza institucional, es fundamental si queremos tener una economía que mantengan los niveles de crecimiento que aseguren el bienestar económico para la mayoría de las familias del país.

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