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Hay libros que sirven como brújulas que salvaguardan el destino de nuestras investigaciones; otros, nos resultan puentes para librar lagunas del conocimiento; algunos parecen remedios que cauterizan los errores argumentativos. Y unos más, son ácidos que nos ayudan a disolver nuestras certezas.

Estos últimos suelen ser incómodos, retadores y —profundamente— útiles pues los pilares sobre los que argumentamos reclaman ser sometidos a la revisión y a la crítica. Nos guste o no, de vez en vez, hay que inspeccionar el cuarto de máquinas, engrasar las tuercas y limpiar engranes.

Esto es lo que hace Daniele Giglioli en la Crítica de la Víctima (Herder, 2017), un sugerente libro —más cercano al ensayo que a un texto académico— que pone en duda una de las coordenadas más importantes en las que se debate la política de nuestros días: la categoría de víctima y su inevitable santificación.

En los tiempos de lo profano, las víctimas han ocupado el lugar que otrora estuvo reservado para los mártires religiosos; la obra cuestiona el imaginario maniqueo y adelanta los riesgos de mantener la retórica actual.

En los últimos meses hemos visto que los supremacistas blancos se proclaman como las víctimas de los inmigrantes; los agentes del Estado señalan los abusos de la sociedad civil; los depredadores sexuales se asumen o como románticos torpes o como mártires de la seducción; los grupos racialmente dominantes ya hablan de “discriminación inversa”. Todos ejercen la pasividad de la ética victimista: ora para ejercer nuevos mecanismos de poder, ora para perpetuar atrocidades. De continuar esta tendencia, Casanova enjuiciaría a las mujeres, la SS a los judíos y los toreros al toro.

La perversidad de los verdugos los ha hecho trastocar las coordenadas morales para robar lo único que les queda a las víctimas: poder sonorizar las injusticias, exigir garantías de no repetición, no permitir la impunidad.

Todavía más, los perpetradores han confundido legalidad con justicia y remuneración económica con reparación del daño; al hacerlo, dan muestra de su impostura, de su podredumbre moral y de que —en efecto— merecen el basurero de la historia.

Cuando la maldad se presenta desnuda y de cuerpo entero, pareciera ser que no existe problema en identificar a la víctima. El reto es que la maldad no suele presentarse así y los perpetradores han sabido descalificar a las víctimas para convertir su vulnerabilidad en impunidad. Un perpetrador de este tipo es, pues, un alquimista de la maldad.

¿Qué hacer? Escuchar a las víctimas, devolverles la voz, documentar los hechos, recurrir a los expertos, sospechar de los halos de pureza institucional.

Solo así podremos enfrentar las políticas y los discursos de los Viktor Orban, de los Donald Trump o de los Jair Bolsonaro que cíclica y patológicamente infectan a nuestras sociedades.

Cortesía de LA RAZÓN

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