Carlos Alberto Martínez -

Los resultados de la 82 Convención Bancaria fueron los esperados, ante todo, la cordialidad y lo políticamente correcto. En el fondo, es claro que el proceso de cambio profundo que el presidente Andrés Manuel López Obrador quiere impulsar requiere de una cantidad muy importante de inversión de dinero y para ello, los bancos son el vehículo indispensable para alcanzarlo. Igualmente, es claro para la banca el tener una buena relación con el gobierno porque su actividad está regulada y supervisada ni más ni menos que por éste y también, porque requiere de su apoyo como complemento a través de la banca de desarrollo. Bajo esta realidad, la relación entre bancos y gobierno necesariamente tiene que ser buena por el bien del país.

No obstante, se debe de profundizar en las exigencias mutuas más allá de la cordialidad política que ambos pueden desplegar. El país requiere un mayor esfuerzo de ambas partes. El gobierno, mediante el presidente de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores, Adalberto Palma, ha dado el primer paso en el sentido correcto, al abrir la puerta a la regulación diferenciada, lo que es indispensable para que los bancos medianos puedan crecer. Han pasado muchos años y excelentes marcas de bancos como: Consubanco, Multiva, Mifel, Actinver y Azteca, entre otros, simplemente no pueden crecer entre otras razones, porque el exceso de regulación y supervisión innecesaria para sus actividades reales literalmente los asfixia. Nuestro país fue el primero en adoptar Basilea II y III, cuando naciones como EU, Inglaterra y la propia Suiza pidieron prórrogas para ello; nuestro sistema bancario está hiperregulado.

El otro lado aún tiene demasiado qué hacer. La mayoría de los bancos, sobre todo los grandes, ha encontrado en México el gran negocio con márgenes de ganancia no comunes en otros países. Al mismo tiempo, han fallado al país en lo que hoy es una de las principales prioridades para la 4ª transformación, que es la inclusión financiera, porque se han acomodado placenteramente en las ciudades y en los buenos clientes de quienes captan barato y les prestan poco y caro. En imagen social también están mal parados, las encuestas señalan que la mayoría de los mexicanos desconfía de sus bancos, así como la mayoría asegura que tiene una cuenta porque es a través de ésta que les pagan sus salarios pero que estarían gustosos de usar medios alternativos para recibirlo que no sea el banco, como el efectivo, por ejemplo.

Cuántos años y sexenios hemos escuchado a la Asociación de Bancos de México, hasta ahora presidida por los grandes bancos lo que abre una esperanza hacia adelante, que está lista para financiar el crecimiento y el desarrollo; crecimiento y desarrollo de 2.5% promedio anual del que, por cierto, la banca aporta muy poco. Hay que dejarnos de simulaciones y pedir un mayor esfuerzo de nuestra banca porque todos la necesitamos, pero no nada más fuerte sino más arriesgada y comprometida por México, no en el discurso sino en la realidad. La penetración del crédito bancario como proporción del PIB es de 50% y la mayoría del territorio nacional no cuenta con acceso a sucursales, cuando en otros países ambos indicadores están en 100 por ciento. Claramente el crédito de los bancos no es ni ha sido un motor del desarrollo.

Las enormes utilidades de la banca mexicana se demuestran año con año en sus balances públicos no sólo producto de las comisiones, sino con el enorme diferencial entre la tasa de interés activa con la pasiva y la concentración del mercado en sólo cinco instituciones de las 51 que existen. Esta situación se hace más lamentable cuando se conoce abiertamente que los bancos extranjeros sacan todos los años 100% de sus utilidades de México. Que diferencia sería que el spread entre tasas de interés disminuyera y que una parte de las utilidades de la banca extranjera se quedara en el país para fomentar efectivamente el crecimiento económico en beneficio, por cierto, de los propios bancos.

Los bancos en México sí han estado sujetos a un insufrible exceso regulatorio (medio millón de oficios al año), pero también han estado dentro de la zona de confort de un mercado concentrado, con altas comisiones y con una captación barata con créditos caros. Para dar crédito, antes pedían estabilidad macroeconómica, cuando ésta se les concedió, argumentaron que no prestaban porque ahora les faltaba seguridad jurídica para prestar, hoy piden certidumbre para dar crédito; el hecho es que reportan grandes utilidades, no son motor significativo del crecimiento y la mayoría del país no tiene servicios bancarios (hay más de 500 municipios que no tienen una sola sucursal bancaria), así como el crédito bancario llega apenas a la mitad del PIB. Esta penosa realidad debe cambiar con el aire de cambio que hoy respiramos de la mano de este gobierno y por voluntad de la mayoría que quiere que muchas cambien, incluida la realidad de la relación de los bancos con la sociedad.

Cortesía de EL ECONOMISTA

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