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La aparición del movimiento MeToo ha tambaleado a las sociedades de nuestros días, pues visibiliza prácticas que eran moralmente inaceptables pero socialmente permitidas. En contra de la dignidad de las mujeres, las prácticas de acoso, hostigamiento y abuso se invisibilizaron, se ocultaron y se normalizaron. Además, la indiferencia y la ineficacia de los sistemas de salud y de justicia, fueron buenos protectores de los perpetradores.

Lo que hemos visto los últimos meses, me hace estar segura de que estamos frente a un cambio de paradigma en la forma de interrelación de las personas. El MeToo ha visibilizado los miedos de quienes saben que sus conductas han sido inadecuadas; también ha mostrado la rabia y la impotencia de las víctimas. Pero, todavía más, nos ha enseñado esa fotografía violenta en la que todas y todos aparecemos: como víctimas, como perpetradores, como testigos activos, como testigos pasivos, como parte de la estructura que la sostuvo.

El caso más reciente, de alto calibre político, es el del expresidente Joe Biden, quien ha enfrentado dos incidentes desafortunados. El primero ocurrió en 1991, durante el interrogatorio de Anita Hill que acusó de acoso sexual a Clarence Thomas, quien estaba nominado para ser juez de la Corte Suprema. El interrogatorio, que hizo Biden, pasó a la historia como uno de los cuestionamientos más sexistas y revictimizantes que se hayan conocido, pues se dudó de la veracidad y de las intenciones de Anita Hill, la víctima. Sobre este episodio, Biden se ha disculpado en varias ocasiones.

Y ahora, a días de anunciar su nominación para competir en las primarias del partido demócrata, el tema del acoso sexual vuelve a poner en vilo al ex vicepresidente. La diferencia es que, 28 años después, el acusado es él.

La delgada línea azul que divide una conducta de un delito se ha vuelto el centro de la discusión; sin el consentimiento de los involucrados, acciones que buscaban generar placer se convierten en humillaciones y en crueldad. Biden enfrenta lo que muchos: la sensibilidad de las mujeres ha cambiado, por lo que tratos y usos que antes parecían inofensivos, no lo son más.

En México, los últimos días han mostrado cuán profundo y grave es el problema de la violencia sexual. Las redes sociales fueron el foro de las denuncias, tras las que aparecieron amenazas, cuestionamientos y un lamentable suicidio. La discusión en foros públicos seguirá creciendo pero, más importante aún, es necesario que analicemos el problema con un enfoque de Derechos Humanos y Perspectiva de Género.

Así, no queda más remedio que arremangarse y comenzar a reconstruir las relaciones sociales; necesitamos crear nuevas reglas, propiciar nuevos usos, tener más respeto por los espacios ajenos y mayor consideración por las necesidades de los otros. Deseo que los nuevos tiempos sean más seguros para integridad de todas y de todos.

Cortesía de LA RAZÓN

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