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Dos hechos recientes y casi simultáneos replantearon la magnitud y el talante de la violencia en México y específicamente del arrogante desafío de los cárteles que operan en el estado de Michoacán.

El primero, el alarde del cártel que con más de 20 vehículos rotulados con sus iniciales y un centenar de sus integrantes, hace una especie de toma simbólica, desafiante y sangrienta de la ciudad de Zamora.

El otro hecho es la retención, el desarme y el agravio a un grupo de militares, a quienes sus captores ordenan a gritos que el Ejército les regrese las armas que acaba de incautarles. El intercambio se consuma horas después: se libera a los soldados, y quienes se hacen llamar pueblo tienen otra vez sus armas de alto poder.

Los propios provocadores difunden videos en los que, con la certeza de quien se sabe impune, derrochan prepotencia al vejar a integrantes del Ejército Mexicano.

Cuidado: si no respaldamos de manera expresa y consistente a quienes nos defienden de la inseguridad y la violencia a costa de su propia vida, los estaremos enviando a su misión debilitados, vulnerables y, aunque armados, indefensos.

Desde hace años, miles de militares recorren gran parte del territorio nacional patrullando calles, plazas, selvas, parajes, cañadas, sitios en los que siempre acecha una posible emboscada. Así y en otras circunstancias han fallecido cientos de elementos del Ejército, la Marina y otras corporaciones.

Creciente la violencia, crece también el retorcimiento para retar al Estado mexicano. Es el caso de otro tipo de emboscada: pobladores, entre los que hay mujeres, niñas, niños, ancianos, cierran el paso a una unidad militar y retienen a sus integrantes, los desarman, los someten.

Ante estos hechos, cabe destacar que el nuestro no es un ejército repudiado por la población; por el contrario, después de una década de defender a la sociedad, y a pesar de los errores que han cometido algunos de sus efectivos, es, con la Marina, la institución que alcanza las más altas calificaciones de confiabilidad en las encuestas.

Pero en los absurdos que la violencia genera, cada vez es más habitual la agresión a militares. Y dentro de los millones que nos beneficiamos de sus acciones, a pocos importa.

Es inaceptable que cuando delincuentes atacan a soldados casi nadie se indigne, como si el criminal, por serlo, contara con licencia para vejar, robar y maltratar; al fin los malos se comportan como tales.

En esa lógica, si se humilla o asesina a agentes del estado, apenas hay quienes los acompañan en su afrenta o luto. Pocas, muy pocas son las voces que los respaldan.

Envalentonados, los grupos delincuenciales han pasado a una ofensiva que vulnera a las armas nacionales y nos ofende todos, y que consiste en la captura y agravio a militares. Los criminales se vanaglorian de su deleznable actitud, el soldado soporta el insulto y todos los demás callamos.

Los militares, marinos y todo agente del Estado que pone en riesgo su vida para defendernos merece nuestra gratitud y nuestro respaldo explícito.

Hoy tenemos la Guardia Nacional y de ella esperamos, nada menos, que nos devuelva la paz. Y pronto. Ojalá que a sus integrantes les demos la autoridad y el respaldo que hemos escamoteado al Ejército.

En ningún caso los agentes del Estado deben ser víctimas del abandono social ni de los abusos y los crímenes de los delincuentes. También para ellos es el Estado de derecho.

Cortesía de EL UNIVERSAL

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