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Dar cuenta de los eventos políticos de nuestros días se ha vuelto cada vez más complejo, pues se dejaron atrás las coordenadas mínimas de convivencia que habíamos acordado tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Por ello, esta vez recurro a dos títulos de la filósofa de la Universidad de Chicago, Martha Nussbaum. Pareciera que los dirigentes de varios países apostaron por instaurar La Monarquía del Miedo, en lugar de expandir y proteger Las Fronteras de la Justicia.

Martha Nussbaum es, sin duda, la filósofa política más importante de nuestros días. La calidad de su trabajo la ha hecho merecedora de los premios más altos —Premio Príncipe de Asturias— y de un reconocimiento académico a prueba de misoginias.

En La Monarquía del Miedo, un libro de 2017, Nussbaum señaló que lo político es siempre emocional. La globalización ha producido sentimientos de impotencia en millones de personas en el mundo —en Venezuela, Estados Unidos o México—. Esa sensación de impotencia se convierte en resentimiento y culpa: la culpa de los inmigrantes; la culpa de los musulmanes; la culpa de los chairos; la culpa de la derecha; la culpa de los intelectuales.

Mirar la geopolítica de los últimos años refuerza la idea de Nussbaum. Cuando notamos el crecimiento de los movimientos de ultraderecha —en España, en Austria, en Francia, en Alemania— es claro que el sentimiento del miedo se ha apoderado de la arena política.

Hasta hace cinco años, era impensable escuchar propuestas racistas, machistas o xenófobas en las campañas presidenciales. Ya no más. Y esto no es sólo una exacerbación del lenguaje sino la materialización del miedo en desprecio y en odio. No hace falta ser genio para darse cuenta que la fórmula es peligrosa para cualquier persona, en cualquier país.

Años antes, en 2007, la filósofa publicó el famosísimo libro Las Fronteras de la Justicia, en el que planteó el itinerario pendiente en la agenda de la filosofía política de las teorías de la justicia. El libro era una apuesta arriesgada que sirvió para plantear las capacidades humanas que todos los habitantes del mundo deben desarrollar para tener una vida decente. Incorporó, también, el problema de la justicia hacia las personas con discapacidades físicas y mentales, el de su extensión a todos los ciudadanos del mundo y el del trato que dispensamos a los “animales no humanos”.

El eje rector de la política habría de ser la justicia, la equidad y la igualdad.

Hay momentos en que lo correcto es dar un paso atrás y volver a los principios para ordenar las emociones; sobre todo, si responden al miedo. Los ciudadanos tenemos que aprender que los políticos lucran con nuestros temores; que no ofrecen protección sino autoritarismo y violencia.

Si queremos alcanzar el horizonte tendremos que arriesgarnos a volver a creer.

Cortesía de LA RAZÓN

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