Avatar -

El martes 30 de abril, los ojos del mundo miraron sorprendidos los acontecimientos en Venezuela. Seguí la transmisión que hizo la BBC para entender cómo comprenderían los hechos.

Los locutores no sabían quién era Leopoldo López ni por qué era importante su liberación. Pensaron que era un preso político más y obviaron los años que estuvo preso en la cárcel de Ramo Verde por ejercer su derecho a la protesta; no consideraron la negativa de Diosdado Cabello a darle un juicio justo —la fabricación de pruebas—. Tampoco fueron conscientes de los meses en aislamiento ni del sufrimiento de su familia por no saber nada de él.

Tampoco ningún medio recordó el bochornoso incidente de julio de 2014. En una estrategia infantil y perversa, el gobierno de Nicolás Maduro falsificó correos electrónicos en los que “la oposición orquestaba un plan para asesinarlo”; con dicha falsa evidencia, encarceló a los opositores más visibles, interrogó a otros e hizo saber que había encontrado la justificación para realizar detenciones arbitrarias. Días más tarde, Google desmintió el origen de dichos correos.

También se olvidaron de otros incidentes: el constante acoso político a la congresista María Corina Machado o los atentados en contra del gobernador de oposición, Henrique Capriles. Y los miles de casos de venezolanos que viven en la inseguridad jurídica, perseguidos y en medio de la pobreza.

Hace años que el gobierno de Maduro debió haber caído, pues su solvencia moral está en bancarrota. Los dirigentes políticos convirtieron la historia y la vida de los venezolanos en una novela barata de política latinoamericana, escrita con las ensangrentadas manos de Diosdado Cabello, la pluma sin tinta de Nicolás Maduro y el puño de Vladimir Padrino López. Que no se nos olvide que todos ellos han sido ligados a las redes del narcotráfico internacional.

Pero el martes vimos escenas inhumanas. Maduro —jefe de las fuerzas armadas— ordenó que los tanques arrollaran a los manifestantes civiles que se defendían con palos y con piedras. Las imágenes nos robaron el habla. Esto solamente lo habíamos visto antes, en 1989, durante las protestas en Tiananmen, en China. En dicho caso, la condena de la comunidad internacional fue unánime.

Sin embargo, en el caso de Venezuela, las voces están dividas. Algunos por desconocimiento, pues se conforman con la coyuntura —como la de los locutores de la BBC— ; otros porque se han aferrado a leer con ópticas obsoletas los hechos actuales.

No. No se trata de una intervención internacional —norteamericana o rusa— para desestabilizar o mantener a un gobierno, aunque mucho haya de eso. Lo que estamos viendo es la valiente resistencia de la sociedad civil para recuperar la democracia y encarcelar a un dictador.

Durante años he escrito sobre este tema, con la esperanza de que ocurra un giro que mejore el destino de los venezolanos. Todavía no ha llegado ese día pero coincido con Luis Almagro: “Si algo no debemos al régimen de Venezuela es silencio”.

Cortesía de LA RAZÓN

Deja un comentario