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Para Donald Trump, el juego se llama reelección. La semana pasada apostó por la amenaza, uno de sus recursos favoritos.

La advertencia consiste en dos puntos, uno condicionado por el otro: si México no frena la migración de centroamericanos hacia Estados Unidos, impondrá aranceles progresivos a nuestros productos a partir del 10 de junio.

Después, agregó que los aranceles también son para frenar la droga. Y luego que harán que las empresas automotrices estadounidenses asentadas en México regresen a su país.

Un poco de todo y con el más descarado desdén por el TLC, que sigue vigente, y por la Organización Mundial de Comercio. Y además en medio del proceso que se desarrolla en México, Canadá y Estados Unidos para la aprobación del nuevo tratado trilateral.

La obsesión de Trump por el discurso de 280 caracteres y por vivir al día le impiden ver más allá y preguntarse serenamente cómo puede resolverse de fondo la migración en la región. México debe hacer su tarea. ¿Cuál? La que él pretende imponerle. Nuestro país detuvo a 75 mil migrantes en los primeros cuatro meses de este año y, según los datos del gobierno estadounidense, ellos detuvieron a 400 mil en el mismo periodo. De ese tamaño es el flujo migratorio. Y México debe frenarlo para ahorrarle la molestia al señor Trump.

La actual magnitud de la migración requiere que todos los países de la región trabajen de manera conjunta, como lo propone el gobierno mexicano, atendiendo las causas estructurales de la migración.

Eso es demasiado complejo para Trump, le quita espectacularidad a su actuación y lo obliga a pensar. Por eso sostiene que se trata de arrestos y ya. Uno por uno y 100 mil cada mes. Y que los haga México. Para eso somos sus vecinos y, además, al parecer nuestra única razón de ser es servir de muro en su frontera sur.

Ni los empresarios, trabajadores y consumidores estadounidenses, ni los gobernadores de Texas y Nuevo México, ni los legisladores demócratas están de acuerdo con la medida arancelaria. Saben que afectaría al comercio enormemente, incrementaría los precios a los consumidores y pondría en riesgo dos millones de empleos en América del Norte, esto último, según la Asociación Nacional de Fabricantes de EU.

La Unión Americana compra a México 346 mil millones de dólares (2018), por lo que un arancel de cinco por ciento implicaría que los consumidores de allá desembolsaran 17 mil millones más, ya no se diga cuando, supuestamente, los aranceles se incrementen a 25 por ciento en octubre.

En el desorden creado por Trump caben represalias comerciales, pretensiones imperiales, violación de acuerdos, afectaciones económicas, tensiones políticas. Y por nada. Porque el gran pretexto, la migración, no se resolverá así.

Es un despropósito, decimos todos. Ingenuos, pensará Trump: es una campaña.

Cortesía de EL UNIVERSAL

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