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Hoy es el último día de Theresa May como primera ministra de Reunión Unido. Su gestión no fue un paseo por el parque; todo lo contrario. May tuvo una administración corta —tres años— comparada con la de Margaret Thatcher —la Dama de Hierro— quien estuvo 11 años habitando el número 10 de Downing Street.

May inició su gestión tras la renuncia de David Cameron, por los resultados frente al Brexit. Y aunque desde los primeros meses de su gobierno mostró sensatez frente a la salida de la Unión Europa —a penas pasados unos días, se reunió con Angela Merkel—, los ingleses mostraron su antipatía cuando antes de cumplir un año en el puesto, el laborista Jeremy Corbin solicitó su renuncia.

Desde entonces, May ha visto más días de tormentas que de lluvia; y poquísimos —tal vez contados— días soleados. Dirigir el destino de un imperio es, sin duda, tarea ardua. Pero hacerlo en los días de la posverdad, las noticias falsas, el oportunismo como moneda de cambio, es un duelo entre gladiadores y cíclopes: la presteza de unos es apabullada por la torpe violencia y el estruendo de los otros.

No pongo en duda la capacidad política de May; sería injusto cuestionarla cuando ha sido una presencia activa del Partido Conservador, desde 1997. Ha desempeñado cargos importantes y, como cualquiera, ha perdido batallas.

Posiblemente, sus posiciones más controvertidas son las que sostiene sobre la migración en Reino Unido. Tampoco es una gran defensora de los Derechos Humanos. No comparto su enfoque ni sus principios pero no puedo negar que es una política con la que se puede trabajar: no hay sorpresas, mentiras ni triquiñuelas. May supo templar y honrar los acuerdos; Theresa May mantuvo su estatura y su capital moral en un mundo plagado de políticos cínicos y mentirosos.

Sin embargo, ¿cómo resolver el enredo llamado Brexit? Estoy segura de que el más audaz de los políticos tendría problemas para construir una salida o repensar un acuerdo.

La sucederá en el puesto el controvertido Boris Johnson, un conservador excéntrico que ha sido llamado por Trump como el Trump inglés… ¡Imagine, querido lector! Parece que nos espera otra oleada de medias verdades, retórica oportunista y tajadas políticas. Johnson apuesta por el encanto y la seducción para sacar adelante sus proyectos; no ha tenido miedo de hacer promesas incumplibles y crear mitos económicos para respaldar el Brexit.

Lo que más extrañaré de Theresa May no son sus posiciones políticas sino la claridad y la confianza que generaba su palabra probada. Estoy convencida de que, en política, las crisis son habituales; pero sea cual sea el reto que enfrentar, si hay compromiso con la verdad, confianza y honor se puede remediar prácticamente todo.

Pero cuando en vez de políticos hay oportunistas, trepadores, payasos de la retórica y enemigos de la verdad, las consecuencias son rupturas y desasosiegos.

Así que, ¡hasta pronto, Theresa May! Estoy segura de la que la historia sabrá darte el buen trato que mereces.

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