Huérfanos de la fortuna

Hace unas semanas, coincidí con David Rieff —el reconocidísimo periodista y analista político, experto en migración y crisis humanitarias quien, además, es hijo de Susan Sontag—, en una mesa en la que charlábamos los huérfanos de la fortuna. Todos coincidimos en que la única emoción política aceptable para nuestros días es el pesimismo, aunque no la derrota.

Hace 16 años, Rieff publicó el libro Una cama por una noche (Debate, 2003), en el que hizo duras críticas a los sistemas de ayuda humanitaria, a propósito de los conflictos en Bosnia y en Ruanda. El epígrafe que inaugura la obra es lapidario: “Cada documento sobre la civilización es también un documento sobre la barbarie”. La frase, de Walter Benjamin, retrata la posición de Rieff de entonces y de ahora.

Las imágenes de los migrantes que hemos visto los últimos días son, por decir lo menos, perturbadoras; al mismo tiempo, han mostrado el esqueleto de nuestros gobiernos y nuestras sociedades: la crueldad ha cruzado la puerta de la civilización.

La indiferencia social frente a la situación de las víctimas y la incapacidad de influir en los verdugos son síntomas inequívocos de que la barbarie se ha apoltronado en nuestras salas, mientras nos emocionamos con la serie del momento.

La imagen de la trágica muerte de Óscar y Valeria es perturbadora. El video de la madre arrodillada pidiendo ayuda al Presidente López Obrador para encontrar a su hijo desaparecido es devastadora. La negativa de entregar artículos de higiene mínima —jabón y pasta de dientes— a los niños encarcelados por cruzar la frontera es vil. La prohibición de que los niños migrantes detenidos puedan escribir es, llanamente, abominable. Y ésos son sólo cuatro de los miles de cristales del caleidoscopio del horror en el que vivimos: ése en el que hay más sombra que luz; el mismo del que parece inviable salir.

Aristóteles, el príncipe de los filósofos, escribió muy poco sobre la crueldad; sólo hizo alguna referencia en la Ética a Nicómaco. Ahí, refirió que la crueldad y la bestialidad no pueden ser consideradas como tipos de “perversidad”, pues no forman parte de la esencia de la humanidad y, por ende, no son objeto de la Ética. Sostuvo, fríamente, que la crueldad no es una conducta propia de los hombres —ni siquiera de los más ruines o viciosos— sino de los pueblos bárbaros —aquellos privados de la racionalidad—. Montaigne, un poco más pragmático, escribió en los Ensayos que: La naturaleza, me temo, ha ella misma ligado al hombre a algún instinto para la inhumanidad.

A pesar de esto, capitular es un lujo que no podemos darnos. Por ello, Rieff ha propuesto la ética de la resistencia: la ética que define una postura simbólica de moral que reclama la oposición al orden social y político establecido (…) que toma la forma de lo que solía llamarse una ética de conciencia o una ética de responsabilidad, pero en cualquier caso, la integridad espiritual depende del cultivo de resistencias caracterológicas a los inevitables compromisos y corrupciones de la sociedad y el estado existentes.

Para la clase política, la ética de la resistencia reclama volver a los principios morales a los que renunciaron. Para los ciudadanos, exige dejar atrás la falsa neutralidad. Y para todos, demanda abandonar la lógica de los intereses y romper con la ideología de la negación.

La ética de la resistencia es tan imposible como necesaria: hay que pelear por ella.

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