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Porque cada día se mata a ocho mujeres en México.

Porque todos los días hay violaciones.

Porque desde niñas deben estar alertas y vivir con miedo.

Porque las asfixia la impunidad y las condena la indiferencia.

Porque se les agrede en la casa, la escuela, el trabajo, la calle, el transporte.

Porque es cotidiana la presión, el acoso, la exclusión.

Porque se les impide ejercer sus derechos y algunas no pueden ni mencionarlos.

Porque cuando acuden a las instancias de procuración de justicia padecen escarnio, burlas, incredulidad, morbo y maltrato.

Porque su integridad física enfrenta retos extremos. Porque se les discrimina.

Porque se les exige silencio.

Porque se les llama al orden en cuanto alzan la voz. Porque no pueden vestir como quieran.

Porque se les reclama que caminen de noche. Porque si algo les pasa tuvieron la culpa.

Porque las instancias de justicia les responden con injusticia.

Porque no se cree lo que denuncian. Y porque las pruebas siempre son insuficientes.

Porque corren riesgo en todas sus edades y condiciones.

Porque después de la violación tienen que contarlo todo una y otra vez. Veamos si caen en contradicción.

Porque aun cuando exista constancia de la agresión hay quien se solidariza con el victimario y acusa a la víctima.

Porque siempre hay rezago en el goce y ejercicio de sus derechos y cada avance es lento y tortuoso.

Porque desde siempre han tenido que arrebatar los derechos que son suyos.

Porque se les mata con arma blanca, cuerdas, manos y golpes.

Porque hay quien alega que se lo merecen. Porque sobre la agresión cae una lluvia de insultos de género. Porque ante la igualdad de la ley, las mujeres son menos iguales.

Porque se les vende como mercancía y en muchos casos la venta es diaria y múltiple, esclavitud y muerte lenta.

Porque cuando acuden a dar cuenta de amenazas, la justicia las regresa a casa y les exige evidencias o hechos consumados.

Porque cuando la amenaza se materializa siguen faltando evidencias.

Porque muchas madres y padres les enseñan miedo, desigualdad y sometimiento.

Porque la sociedad les pide prudencia, precaución y resignación. Porque no pueden caminar seguras ni en paz sin que alguien se sienta con derecho a seguirlas, insultarlas, tocarlas.

Porque estamos llegando al fondo y son pocas las voces de alarma. Porque la mayoría social es insensible a los abusos, los delitos, la violencia en su contra.

Porque importan más los vidrios rotos, los monumentos grafiteados, las paredes manchadas.

Porque cualquier sinrazón es buena para descalificar su lucha.

Porque todos tenemos madre, hermanas, compañeras de vida, hijas. Y sin embargo callamos.

Porque hasta los buenos nos dedicamos a esperar que la violencia contra las mujeres se detenga sola, por inercia.

Porque al tiempo que nos llenamos de cifras, de sangre y de luto, nos vamos convirtiendo en cómplices de silencio. Por eso.

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