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La mañana de ayer, se escuchó el temible “hombre al agua”. Diez de los migrantes del barco Open Arms —que llevan 19 días esperando entrar al puerto de Lampedusa— optaron por lanzarse al mar pues, la agonía del asilo prometido, fue inaguantable.

¿Qué motivó su decisión? El barco se encuentra a 800 metros de la costa. Para los migrantes significa 800 metros de distancia entre la guerra y la posibilidad de hacer una vida en paz. Pero, en medio se encuentra el abandono humanitario impulsado por el Ministro de Interior italiano, Ma-tteo Salvini.

La discusión política interna hizo que ayer dimitiera el primer ministro Giuseppe Conte, opositor a Salvini, tras acusarlo de crear la crisis en el gobierno. Así, las intenciones del partido de Salvini —La Liga ultraderechista— de hacerse con el poder dieron un paso importante.

El incansable estruendo por el poder y por el dinero ha ensordecido a quienes, en principio, tendría que escuchar la voz de las personas que necesitan ayuda. Parece inverosímil, pero se ha usado la ley para penalizar a la ONG y no para encontrar vías de apoyo para los necesitados; una vez más, se olvidan la justicia y los Derechos Humanos y se imponen la lógica del poder y del mercado. Así, la batalla por la vida de los migrantes pasa por las tensiones entre los gobiernos europeos —Italia y España, principalmente—; los entuertos partidistas italianos y la presión de la ONG que, al parecer, es la única voz que sonoriza las necesidades de las personas, cuya labor ha sido criminalizada.

Es claro que la migración tanto en Europa como en América reclama un nuevo marco de concepción económico y jurídico que combata las condiciones que incitan a los migrantes a buscar un país que los acoja; al tiempo que se reciban a quienes —en medio de la emergencia— no encuentran otra opción más que dejar atrás a su país.

La crisis del Open Arms debería servir para aceptar al nuevo escenario migratorio y, con el poco o mucho agrado de los políticos, asumir que hay una nueva realidad global y que, frente a ella, el dilema es ético: dejar morir a un semejante o arrimar el hombro acoplando leyes, presupuestos e instituciones.

Cada grito de “¡hombre al agua!” me hizo recordar las escalofriantes escenas de los atentados del 11 de septiembre: vidrios rotos, hombres saltando al vacío, tratando de huir de las llamas del incendio que consumían al rascacielos. La desesperación, el miedo y la impotencia hizo que varios prefirieran saltar por las ventanas, antes que morir quemados. De este modo, los terroristas fabricaron el atentado para robar vidas: algunas por homicidio; otras, por suicidio.

La decisión de Salvini, a su vez, fabrica dolor, crueldad y tratos inhumanos; de seguir así, pronto sabremos de los primeros decesos. Estamos frente a una clara violación a los Derechos Humanos. ¿Cuánto tardará en rendir cuentas frente al Tribunal? Espero que muy poco.

 

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