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Recién descubrí la traducción al español del libro de Federico Filchenstein Del fascismo al populismo en la historia (Taurus, 2019) y que ha tenido una gran acogida entre la crítica; el texto ha sido traducido, también, al portugués.

El autor tiene un punto de partida epistémico, que comparto: no se pueden dar respuestas simples a problemas complejos. Así, sostener que Donald Trump o Jair Bolsonaro son los causantes de las explosiones de la extrema derecha es tan inadecuado como señalar que al Titanic lo hundió la punta del iceberg. No, no. Los gobernantes populistas solamente vociferan lo que los electores intolerantes tienen arraigado en las ideas y en las emociones políticas. Ése es, piensa Filchenstein, el verdadero problema.

Mediante una genealogía histórica, Filchenstein define al populismo como: “una forma autoritaria de democracia con orígenes históricos de la dictadura y del fascismo”. El autor insiste en que no hay que confundir los conceptos autoritarismo, dictadura, fascismo y populismo, pues sólo a partir de ellos es posible comprender las diferencias, patologías y riesgos de gobiernos tan disímbolos como el de Nicolás Maduro, Jair Bolsonaro o Donald Trump, cuya complejidad política nos obliga a tejer finamente su explicación.

Un elemento común a todas estas formas de gobierno totalitario, en término de Hannah Arendt, es que la aniquilación del enemigo es parte programática de sus gobiernos. A veces, lo hacen solamente por vía de las palabras —discursos peligrosos, discursos de odio—; otras, mediante purgas y destrucción de las minorías. Hoy, sabemos que el paso de la aniquilación retórica, a la moral, a la patrimonial y, —finalmente— a la humana, toma poco tiempo.

Frente a los discursos de los últimos días, podemos darnos por enterados de que vienen años difíciles, duros para la libertad de expresión, para las minorías, para los opositores. Pensar distinto será un lujo para pocos.

El fascismo usa a la democracia para destruirla desde adentro, señala Filchenstein. El populismo, también. Así, es adecuado decir que son una suerte de cáncer que abusa de los mecanismos institucionales para eternizar los prejuicios y las divisiones, enquistarse en el poder y expandir su área de influencia a cambio de migajas de libertad.

Por ello, no sorprende que los gobiernos populistas confundan a la propaganda y a los slogans con programas económicos o planes de gobierno. No es una casualidad; tampoco, un error. La ausencia de argumentos, datos y proyectos crean la nebulosidad necesaria para gobernar al tanteo: con caprichos y mentiras. Por ello, la descalificación fácil y el simplismo político que forman son los tumores que pronto harán metástasis para destruir las libertades y los derechos. El populismo, entonces, no es más que una falacia de la democracia.

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