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La llamada con el presidente de Ucrania, Volodymyr Zelensky, ha sido desastrosa para la administración Trump. Conforme avanza la investigación, se abren más flancos débiles para el mandatario y todo anuncia el principio del fin del delirio político de la mal nombrada “Era Trump”.

En medio de los tirones partidistas, hay dos hechos que, a todas luces, son muy difíciles de explicar. El primero tiene que ver con el almacenamiento clasificado de las llamadas cuando, en principio, no hay motivos legales que lo justifiquen. Al parecer, Trump abusó de su poder presidencial de dos maneras; primero, pidiendo favores políticos a cambio de inversión y apoyo a dos países: Ucrania y Australia. El lunes por la tarde, el  publicó que dos oficiales escucharon la llamada en la que el presidente pedía al primer ministro de Australia que los ayudara a minar la investigación del fiscal especial Mueller, sobre la injerencia rusa en la campaña de 2016. De esta forma, Trump habría utilizado su posición en la Casa Blanca más como una oficina de campaña o como un lobby político internacional con horizonte electoral: esconder los actos de campaña de 2016 y debilitar a sus opositores políticos.

Esto es francamente complicado, pues el presidente comprometió —de facto— la seguridad y la política de su país a cambio de favores personales: sobrepuso el interés personal sobre los intereses de su país. Y eso, que nadie lo dude, excede sus atribuciones, puso en riesgo a la democracia de Estados Unidos y muestra el uso caprichoso del almacenamiento de las intervenciones del presidente.

Por si fuera poco, sabemos que a Trump le gusta mentir; lo ha hecho 80 veces por día desde el día de la inauguración presidencial y, sobre la asistencia a ella, también mintió. Su periodo ha sido el imperio de la posverdad; hasta que dejó de serlo con la solicitud de impeachment y el testimonio del informante. Las piezas, las declaraciones y las evidencias empiezan a asfixiar al presidente que ha usado las amenazas como defensa: habló de “eliminar al informante” y dijo que si iniciaban su juicio político “estallaría una guerra civil”. Y, nuevamente, esas declaraciones son motivos suficientes para solicitar su remoción del cargo.

Otro aspecto difícil es la participación de Mike Pompeo, secretario de Estado, y de Rudolph Giuliani en el intercambio con el presidente de Ucrania y su gabinete. La presencia del abogado personal de Trump en las reuniones oficiales con delegaciones extranjeras es completamente inadecuada. Si, además, se añade la participación de Pompeo, entonces tenemos una fórmula de compadrazgo o de cofradía lejana a las exigencias de la política de Washington.

Giuliani ya ha sido llamado a testificar y tendrá que explicar a la Cámara los motivos y la justificación legal de sus interacciones en el caso Ucrania. Aunque el viejo abogado neoyorkino ya ha adelantado su posición, más cercana a una amenaza que a una respuesta: “no actué por cuenta propia”.

Trump está desesperado; lo dice su lenguaje corporal, sus inhabituales silencios y sus amenazas.

Al final, después de tantas tropelías y desplantes, los miembros de seguridad de la Casa Blanca se han atrevido a decir lo que sabíamos todos: el emperador está desnudo mientras rompe leyes, chantajea, amenaza y abusa de su poder.

Todo indica que la justicia se acerca a cobrar factura y, frente a ella, las lealtades golondrinas emprenderán el vuelo en busca del mejor postor.

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