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La generalizada solidaridad de los mexicanos ante las tragedias, tan arraigada en nuestra cultura y en nuestro orgullo, se evaporó ante la explosión que causó casi un centenar de muertos y 50 heridos en Tlahuelilpan, Hidalgo.

Hubo voces de condolencia y de duelo, pero fueron proporcionalmente pocas. Imperó la diatriba condenatoria, cuyos términos no tiene sentido reproducir, pero que revelan una gran carga de inquina hacia las víctimas.

Repentinamente erigidos en inquisidores, fueron muchos los mexicanos que expresaron su animadversión por las personas afectadas e incluso celebraron la tragedia.

En síntesis, y eludiendo el lenguaje soez y sórdido de quienes festejaron en redes, se trataba de un justo castigo, de una consecuencia natural y hasta necesaria: si alguien roba gasolina, que arda con ella.

Si bien en internet es frecuente el insulto, la calumnia, la acusación ligera, después de la tragedia llamaron la atención las reprimendas justicieras y el evidente tono superior del inmaculado en contra del presunto infractor.

Fue más notorio aún porque no se trataba de un debate o de un intercambio de acusaciones o vituperios, como suele ocurrir en internet, sino de una imputación a personas que habían perdido la vida, de un juicio sumario a ellas y a sus familias e incluso al conjunto de la población.

En todo tiempo, la unión, la solidaridad y la compasión son valores de cohesión y fortaleza de una sociedad, y son más importantes aún en momentos difíciles, como es el caso de nuestro país en materia de seguridad y, especialmente, luego de una tragedia.

Así como una familia se ve sacudida por la muerte repentina de uno de sus integrantes, una comunidad se hunde en el dolor y el desconcierto ante la pérdida de docenas de sus miembros.

El drama lo abarca todo y crea una atmósfera de privación comunitaria difícil de asimilar y superar.

Es el momento de la comprensión y el respaldo social, pero luego de la tragedia de Hidalgo fueron muchos los que asumieron el rol de juzgadores espontáneos.

Reflexionar sobre ello no implica erigirse en juez oficioso de los jueces oficiosos, sino ponernos frente a la imagen lamentable que nos arroja este espejo.

¿Somos esta imagen de ruptura, de escarnio, de tétrica celebración por el dolor de otros? ¿A dónde podría conducirnos esta actitud si se reiterara y se extendiera a más ámbitos de nuestra relación?

Tenemos todas y todos una enorme responsabilidad: convocar y dar presencia, con hechos y palabras, a la unión, al sentido de comunidad plural, sin divisionismos, sin la segmentación artificial que alienta la confrontación de unos contra otros.

En territorio polarizado, el odio es combustible.

Cortesía de EL HERALDO DE MÉXICO

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