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Hace unos meses, un profesor de cierta universidad mexicana declaró la muerte de la democracia y citó varios fracasos importantes —la desigualdad, el poco crecimiento del mercado, los costos de las campañas—. Aseguraba que la causa de ellos es la propia democracia: “ese sistema que desde Platón y Aristóteles sabemos que no es el mejor, sino el menos malo”. Finalmente, cerró su exposición y dijo: “propongo que retomemos el modelo aristocrático, en el que los mejores seamos los encargados de gobernar”.

Comprenderán, queridos lectores, que no pude sino soltar una sonora carcajada y ofrecer una explicación al patoso razonamiento de mi interlocutor; sus ideas rechinaron en mis oídos como las de quien prefiere derrumbar una casa porque se han fundido algunos focos, hay goteras y algunos vidrios rotos; o como quien propone dejar morir a un enfermo, pues la penicilina es costosa.

Los adictos al privilegio —de izquierda o de derecha— descalifican la democracia y sugieren un retorno a sistemas que no consideren pesos y contrapesos, que silencien las voces “no autorizadas” y que releguen los avances que sólo pueden ocurrir en democracia.

“Permítame explicarle con una metáfora”, le dije. “Pensemos en términos deportivos. Si los equipos de futbol de un país no logran juegos interesantes, ni se eleva el nivel, ni tenemos un mejor rendimiento, no hay que cambiar de juego: hay que cambiar de jugadores. Esto, aplicado a la democracia, significa que si nuestras sociedades no consiguen los objetivos de justicia social y bienestar, no debemos retroceder a un modelo discriminatorio, sino tener mejores políticos, obligaciones de transparencia y mecanismos de responsabilidad”.

La retórica de la actual clase política es tan cínica ,que criminaliza al policía que pide una mordida, pero disculpa a los empresarios que evaden impuestos y ganan licitaciones mediante jugosos donativos a los partidos que, a su vez, contratan a políticos-títere para que operen a su favor en los congresos.

Entonces, el problema no es la democracia, sino el uso que los diferentes actores hacen de ella; muchos han trastornado los fines del gobierno en los intereses que representan.

La política ya no es más un juego entre posiciones de derecha o de izquierdas; tampoco se trata de que se imponga un modelo económico frente a otro. El verdadero enemigo a vencer es la lógica del privilegio, que se materializa en la corrupción institucionalizada, los pactos de impunidad y los liderazgos mesiánicos. Esos son, en mi opinión, los tres fantasmas que acechan a nuestras democracias.

Por ello, la sentencia sobre los papeles Bárcenas —en España— es paradigmática, pues permite ver que, en estos días, lo que toca es combatir a la corrupción que alcanza a los políticos y a los partidos que representan. Lo mismo puede decirse para México, con nuestros problemas de corrupción e impunidad. Pero, también, con los candidatos que descalifican a las instituciones.

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