Todas las entradas de: Valeria López Vela

Morir en la pandemia

Los rituales funerarios han sido una constante en la historia de la humanidad; tanto para los deudos como para los moribundos, el momento de la muerte es, al tiempo, el punto final de una vida y el inicio de una nueva etapa para los sobrevivientes.

La literatura y la historia han dado cuenta de ello. Es imposible olvidar que a Antígona —el personaje de la tragedia escrita por Sófocles— le costó la vida pedir sepultura para sus hermanos, por ejemplo. Además, para los héroes se construyen grandes tumbas y mausoleos, como la tumba de Napoleón; asimismo, parte del castigo de los desterrados era no poder ser enterrados en su patria. Las madres de las personas desaparecidas solamente piden poder ver el cuerpo de sus hijos para enterrarlos y, al fin, descansar.

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Tan novedoso como antiguo

Aristóteles dedicó uno de sus tratados breves a reflexionar sobre la respiración; al igual que sus contemporáneos —Aristógenes, Demócrito, Empédocles—, el príncipe de la Filosofía sostuvo que el cuerpo humano se nutre mediante dos operaciones: la digestión y la respiración.

Las últimas dos décadas hemos visto un giro en la forma de comprender la alimentación; dejamos atrás los productos procesados —vestigio alimenticio de las guerras mundiales del siglo XX— y dimos paso a los productos orgánicos, a los empaquetados reutilizables, a la comida artesanal. Todo esto con el fin de mantener la salud y escapar de las garras del cáncer frente al que la ciencia médica logra hacer poco, aún.

Sin embargo, perdimos de vista al otro gran nutriente del cuerpo humano: el aire —neuma, en griego—. Y, al igual que en la nutrición, tenemos que estar atentos tanto a los agresores naturales como a los que son consecuencia de la civilización. Es decir, es tan importante reducir la emisión de gases como desarrollar vacunas para las nuevas súper bacterias y virus, como el que padecemos ahora.

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Construir la nueva normalidad

Hace un par de semanas, varios medios internacionales entrevistaron a científicos, sociólogos, psicólogos, economistas y filósofos para preguntarles cómo esperaban que se transformaran los estados, las sociedades y las personas tras la experiencia de la pandemia.

Los intelectuales y los pensadores conocen poco el recato apocalíptico, por lo que, a lo largo de la historia, han anunciado el final del capitalismo, del mundo, de la Iglesia y hasta de la historia. A manera de ejemplo, Joaquín Da Fiore anticipó el fin del mundo por el cambio de milenio; Marx no dudó en firmar el acta de defunción del capitalismo; Francis Fukuyama decretó el fin de la historia. Y nada de eso ocurrió.

Tal y como discutieron los filósofos griegos, Heráclito y Parménides, no hay nada más constante que el cambio. Es decir, para que algo se transforme es indispensable que otras cosas se mantengan. De esta forma, la pandemia dejará tras su paso: cadáveres conceptuales, ideas rejuvenecidas y profundas reestructuraciones.

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Los oportunistas

Frente a los actos extremos de maldad, las personas solemos buscar alguna razón —la mayoría de las veces, inverosímil— para explicar dichas acciones, pues reconocer la perversidad inherente a la naturaleza humana, resquebrajaría la falsa idea de seguridad con la que pasamos los días.

Si para el ciudadano medio es complicado aceptar la frívola derrota de su equipo de fútbol —fue el árbitro, hubo mano negra, no era penal—, lo es todavía más convivir con el tío que violó a las hijas de sus hermanos —¡las niñas tienen mucha imaginación—; o con el esposo estafador que pide el divorcio una vez que se ha gastado los bienes de la familia —¡No sé qué pasó, enloqueció!—.

La idea fue fraseada magistralmente por el filósofo inglés Thomas Hobbes: el hombre es el lobo del hombre. La frase rechina e inquieta porque, aunque nos  moleste, en la historia sobran los ejemplos.

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Las mujeres gobiernan y cuidan a los ciudadanos

La semana pasada, The Economist sostuvo que los países que mejor habían atendido la crisis de la pandemia por el Covid-19 estaban gobernados por mujeres. No me sorprende. El semanario resalta la gestión de Mette Frederiksen, de Dinamarca; Katrín Jakobsdóttir, de Islandia; Sanna Marin, de Finlandia; Angela Merkel, de Alemania; Jacinda Arden, de Nueva Zelanda; Erna Solberg, de Noruega, y Tsai Ing-wen, de Taiwán. Todas han salvaguardado la vida de sus ciudadanos y, afortunadamente, los decesos han sido pocos.

Tanto en la política interna como en la internacional, se pueden encontrar otros casos contundentes. En Reino Unido, el contraste entre la participación de la reina Isabel II y el primer ministro no pudo ser más chocante. Mientras Boris Johnson daba tumbos para después caer enfermo, la reina ofreció un discurso sensato, directo, esperanzador y exigente; apeló a la fortaleza histórica del espíritu inglés y adelantó la gravedad de la situación.

Asimismo, las diferencias entre países transatlánticos han sido notorias. En Alemania, la gestión de Angela Merkel ha sorprendido, pues logró aplanar la curva de contagios sin medidas de confinamiento total. Mientras tanto, en Estados Unidos, Donald Trump recomendó inyecciones de limpiadores para “matar al virus”.

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Recordar para aprender

El 21 de abril se conmemoró en Israel, Yom HaSoah, el día del recuerdo del Holocausto. A las diez de la mañana, por un momento, todos los ciudadanos detuvieron sus actividades para honrar la memoria de los 6 millones de judíos que fallecieron en los campos de exterminio nazis.

Conocemos de primera mano las historias de los campos de exterminio porque fueron contadas por tres grandes escritores sobrevivientes: el austriaco, Jean Amery; el italiano, Primo Levi y el húngaro, Imré Kerstesz; todos ellos fueron testigos, víctimas, narradores y escritores del infierno nazi. Los tres estuvieron presos en Auschwitz: el terrorífico campo de concentración, en Polonia. Ocupada, sí. Colaboracionista, también.

En las primeras páginas de ¿Esto es un hombre?, Primo Levi habló de la delación de los vecinos, cuyas filtraciones a la SS enviaban a los judíos a la muerte: El amanecer nos atacó a traición; como si el sol naciente se aliase con los hombres en el deseo de destruirnos. En Más allá de la culpa y la expiación, Jean Amery, precisa las características del método de destrucción: disolución del yo, aniquilación de la confianza, arrebato del locus mediante el traslado a los campos de exterminio mediante la tortura que es el acontecimiento más atroz que un ser humano puede conservar en su interior.

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Del miedo a la esperanza

Por Valeria López Vela

Lo que pasa en estos días se escribe en las páginas centrales del libro de la historia; éstas pueden ser las últimas líneas de un capítulo importante de la humanidad. Es difícil anticipar cómo se verán el reajuste social y económico; sin embargo, éste es el momento de notar los tintes que pueden adoptar los países y los gobiernos, pues la tensión ha transparentado las intenciones de varios.

La pandemia nos ha hecho revisitar nuestras creencias y nuestros modelos; ha sido un extraordinario medio de contraste para revelar de qué estamos hechos y, sobre todo, pensar quiénes queremos ser. Tanto en lo personal como en lo colectivo, el Covid-19 es un reto que puede materializarse en tragedias o en esperanzas, debido a la pericia y la voluntad que lo acompañen.

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El austericidio

En los últimos cien años, el mundo fue testigo de dos grandes crisis económicas: la Gran Depresión de 1929 y la Gran Recesión de 2009. A once años de distancia, la humanidad enfrentará una nueva crisis en medio de una pandemia. Es decir, las condiciones de salud impactaron a las economías y éstas, a su vez, tendrán que ajustarse para hacer frente a la pobreza y a la enfermedad para reducir las posibilidades de muerte de los ciudadanos.

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