Archivo de la categoría: Valeria López Vela

Irán: imposible perdonar / Análisis de Valeria López Vela

Hace un par de días, el gobierno de Irán emitió una orden de arresto en contra del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, por el asesinato del general Qassem Soleimani. Aunque, en la práctica, la orden no tenga consecuencia alguna frente a la Interpol —que desestimó inmediatamente la solicitud— se trata de un significativo acto simbólico.

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John Bolton: México y la seguridad nacional / Artículo de Valeria López Vela

Sorpresivamente, como ha sido todo en su presidencia, Donald Trump anunció ayer que el Presidente López Obrador se reuniría con él pronto.

La noticia nos dejó perplejos, pues el Presidente no ha realizado ningún viaje internacional y el canciller Ebrard tampoco tenía noticia alguna, según declaró.

En medio de mi asombro, recordé que el recién publicado libro de John Bolton, exasesor de Seguridad de Trump, relata tres aspectos sobre la relación bilateral: el muro fronterizo; la migración y los tratados comerciales. En esta entrega, me enfocaré sólo en el primero.

Bolton confirma lo que hemos sospechado: el muro es, fundamentalmente, un estandarte para la próxima campaña. Bolton refiere una reunión con su equipo más cercano, insistiendo en que el muro en la frontera con México tenía que ser construido y que la inmigración ilegal tenía que reducirse. “Fui electo por este tema y ahora no voy a ser reelegido por eso”, cita Bolton.

El habitante de la Casa Blanca no dudó en considerar a los cárteles del narcotráfico como grupos terroristas para conseguir financiamiento para el muro. A pesar de todas las complicaciones y sanciones que eso representaría para su vecino del sur.

La resolución 1566 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas define al terrorismo como “cualquier acto… destinado a causar la muerte o lesiones corporales graves a un civil o a un no combatiente, cuando el propósito de dicho acto, por su naturaleza o contexto, sea intimidar a una población u obligar a un gobierno o a una organización internacional a realizar un acto o a abstenerse de hacerlo”. En ese sentido, el inmundo ataque a la familia Le Barón es el caso ideal para validar las intenciones de Trump.

Aunque el abanico de implicaciones es amplio y depende de la gestión política de las partes, las consecuencias consideran desde amplias sanciones económicas y comerciales hasta medidas más selectivas, como embargos, prohibiciones de viajar y restricciones financieras o de determinados productos. Eso sería devastador para nuestra economía.

Además, las acciones correspondientes de contraterrorismo vulnerarían nuestra frontera, comprometiendo nuestra soberanía. Por ello, para nuestro país no es conveniente ser considerado como un Estado que alberga —aunque no proteja— a grupos terroristas.

Con la información proporcionada por Bolton, la percepción de la administración de la Casa Blanca ha de hacerse con una óptica distinta: debe entenderse como un asunto de seguridad nacional para México, pues condiciona el desarrollo económico de nuestro Estado; y, dado el binomio inexorable entre seguridad y desarrollo, la política nacional tendría que replantear sustantivamente la relación bilateral.

Es ingenuo seguir pensando que la construcción del muro y la consideración de los cárteles como grupos terroristas afectan sólo a la política norteamericana pues, si bien es cierto, el primer golpe de bola tiene impacto en los votantes, también lo es que los impactos serían en varias bandas. En este contexto, cobra sentido la declaración de Trump: “Quiero agradecer al Presidente de México, es un buen tipo. Creo que va a venir muy pronto a Washington, a la Casa Blanca”. Trump hizo la inusual invitación mientras supervisaba la construcción del muro, con 13 puntos por debajo de Joe Biden.

Éste es, sin duda, uno de los muchos motivos por los que Trump intentó por todos los medios impedir la publicación del libro. Tenía razón, el libro toca asuntos delicados de Seguridad Nacional… también para México.

Sobre discriminación, opinión de Valeria López Vela

En estos convulsionados días, era imposible no volver a tocar el tema de la discriminación, pues, por irónico que parezca, se ha vuelto el argumento favorito para la defensa de los privilegios, soslayando doblemente los derechos de los grupos vulnerables.

Y, por ello, me gustaría hacer algunas precisiones. La primera es que cuando hablamos de asuntos de discriminación estamos dentro del ámbito de discusión de la igualdad y la desigualdad, de los derechos y de los privilegios, de la justicia y la equidad; el fin de los razonamientos no es otro que “nivelar la cancha” de juego para que todos los jugadores tengan las mismas oportunidades.

En segundo lugar, cada país, por razones históricas y de estructuras sociales, tiene categorías sospechosas distintas. Así, lo que resuena como patología social en Sudáfrica puede no tener la misma sonoridad en Bulgaria.

Las categorías sospechosas son clasificaciones sociológicas, implícitas o explícitas, que jerarquizan las oportunidades, los derechos y el trato con base en rasgos físicos, identidad de género, nacionalidad, edad, entre otros y que vulneran el principio de igualdad.

Aclarado esto, hay que decir que las discusiones sobre discriminación no pueden ser el foco, ya que, de inmediato, se convierten en una apología del privilegio; de la desigualdad, pues.

En ese sentido, el libro Fragilidad Blanca, de Robin DiAngelo, pone en la mesa de discusión un concepto que, con ciertos ajustes, vale la pena pensar para el caso mexicano. DiAngelo acuñó el término “fragilidad blanca” para describir la incredulidad defensiva que exhiben los blancos cuando se cuestionan sus ideas sobre raza y racismo.

No dejo de preguntarme cuáles serían los pilares de la fragilidad mexicana, extrapolando el concepto de DiAngelo: ¿el raciclasismo, como ha señalado Federico Navarrete? ¿El machismo? Dejo la respuesta a los sociólogos.

A nadie nos gusta reconocernos como racistas; tampoco como clasistas o misóginos. Así que bajo el manto de la falsa neutralidad y partiendo de la idea de que todos somos iguales, reclaman acciones afirmativas para los grupos en el poder. Así, ha sido molesto escuchar la forma en que algunos utilizan los conceptos creados para comprender y corregir el fenómeno de la desigualdad y, tras dos o tres falacias, los convierten en armas del privilegio.

Por ejemplo, he tenido que explicar por qué no hay un día para defender los derechos de los hombres; a qué me refiero con la violencia de género y por qué las mujeres no son las causantes del machismo aunque “ellas son las que nos educan”. No puedo olvidar la ocasión en que un abogado me espetó, airadamente, que el feminicidio era un tipo discriminatorio; que exigía que se eliminara o se incluyera también el “hombricidio” y el “puticidio”.

No hay que olvidar que mezclar los elementos de una teoría puede ayudarnos a crear pócimas curativas o a incendiar el laboratorio.

Sobre privilegios y derechos

En los últimos días, hemos visto protestas por el abuso de la fuerza sobre grupos socialmente discriminados y estigmatizados. La molestia ha sido sonora y ha tensionado la discusión pública, alrededor de dos conceptos: privilegios y derechos.

Aunque la distinción ha sido utilizada por los teóricos de la igualdad desde el final del siglo pasado, en nuestros días ha cobrado visibilidad, aunque, en muchos casos, el abuso en el uso desdibuja los atributos principales.

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Morir en la pandemia

Los rituales funerarios han sido una constante en la historia de la humanidad; tanto para los deudos como para los moribundos, el momento de la muerte es, al tiempo, el punto final de una vida y el inicio de una nueva etapa para los sobrevivientes.

La literatura y la historia han dado cuenta de ello. Es imposible olvidar que a Antígona —el personaje de la tragedia escrita por Sófocles— le costó la vida pedir sepultura para sus hermanos, por ejemplo. Además, para los héroes se construyen grandes tumbas y mausoleos, como la tumba de Napoleón; asimismo, parte del castigo de los desterrados era no poder ser enterrados en su patria. Las madres de las personas desaparecidas solamente piden poder ver el cuerpo de sus hijos para enterrarlos y, al fin, descansar.

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Tan novedoso como antiguo

Aristóteles dedicó uno de sus tratados breves a reflexionar sobre la respiración; al igual que sus contemporáneos —Aristógenes, Demócrito, Empédocles—, el príncipe de la Filosofía sostuvo que el cuerpo humano se nutre mediante dos operaciones: la digestión y la respiración.

Las últimas dos décadas hemos visto un giro en la forma de comprender la alimentación; dejamos atrás los productos procesados —vestigio alimenticio de las guerras mundiales del siglo XX— y dimos paso a los productos orgánicos, a los empaquetados reutilizables, a la comida artesanal. Todo esto con el fin de mantener la salud y escapar de las garras del cáncer frente al que la ciencia médica logra hacer poco, aún.

Sin embargo, perdimos de vista al otro gran nutriente del cuerpo humano: el aire —neuma, en griego—. Y, al igual que en la nutrición, tenemos que estar atentos tanto a los agresores naturales como a los que son consecuencia de la civilización. Es decir, es tan importante reducir la emisión de gases como desarrollar vacunas para las nuevas súper bacterias y virus, como el que padecemos ahora.

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Construir la nueva normalidad

Hace un par de semanas, varios medios internacionales entrevistaron a científicos, sociólogos, psicólogos, economistas y filósofos para preguntarles cómo esperaban que se transformaran los estados, las sociedades y las personas tras la experiencia de la pandemia.

Los intelectuales y los pensadores conocen poco el recato apocalíptico, por lo que, a lo largo de la historia, han anunciado el final del capitalismo, del mundo, de la Iglesia y hasta de la historia. A manera de ejemplo, Joaquín Da Fiore anticipó el fin del mundo por el cambio de milenio; Marx no dudó en firmar el acta de defunción del capitalismo; Francis Fukuyama decretó el fin de la historia. Y nada de eso ocurrió.

Tal y como discutieron los filósofos griegos, Heráclito y Parménides, no hay nada más constante que el cambio. Es decir, para que algo se transforme es indispensable que otras cosas se mantengan. De esta forma, la pandemia dejará tras su paso: cadáveres conceptuales, ideas rejuvenecidas y profundas reestructuraciones.

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Los oportunistas

Frente a los actos extremos de maldad, las personas solemos buscar alguna razón —la mayoría de las veces, inverosímil— para explicar dichas acciones, pues reconocer la perversidad inherente a la naturaleza humana, resquebrajaría la falsa idea de seguridad con la que pasamos los días.

Si para el ciudadano medio es complicado aceptar la frívola derrota de su equipo de fútbol —fue el árbitro, hubo mano negra, no era penal—, lo es todavía más convivir con el tío que violó a las hijas de sus hermanos —¡las niñas tienen mucha imaginación—; o con el esposo estafador que pide el divorcio una vez que se ha gastado los bienes de la familia —¡No sé qué pasó, enloqueció!—.

La idea fue fraseada magistralmente por el filósofo inglés Thomas Hobbes: el hombre es el lobo del hombre. La frase rechina e inquieta porque, aunque nos  moleste, en la historia sobran los ejemplos.

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Las mujeres gobiernan y cuidan a los ciudadanos

La semana pasada, The Economist sostuvo que los países que mejor habían atendido la crisis de la pandemia por el Covid-19 estaban gobernados por mujeres. No me sorprende. El semanario resalta la gestión de Mette Frederiksen, de Dinamarca; Katrín Jakobsdóttir, de Islandia; Sanna Marin, de Finlandia; Angela Merkel, de Alemania; Jacinda Arden, de Nueva Zelanda; Erna Solberg, de Noruega, y Tsai Ing-wen, de Taiwán. Todas han salvaguardado la vida de sus ciudadanos y, afortunadamente, los decesos han sido pocos.

Tanto en la política interna como en la internacional, se pueden encontrar otros casos contundentes. En Reino Unido, el contraste entre la participación de la reina Isabel II y el primer ministro no pudo ser más chocante. Mientras Boris Johnson daba tumbos para después caer enfermo, la reina ofreció un discurso sensato, directo, esperanzador y exigente; apeló a la fortaleza histórica del espíritu inglés y adelantó la gravedad de la situación.

Asimismo, las diferencias entre países transatlánticos han sido notorias. En Alemania, la gestión de Angela Merkel ha sorprendido, pues logró aplanar la curva de contagios sin medidas de confinamiento total. Mientras tanto, en Estados Unidos, Donald Trump recomendó inyecciones de limpiadores para “matar al virus”.

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Recordar para aprender

El 21 de abril se conmemoró en Israel, Yom HaSoah, el día del recuerdo del Holocausto. A las diez de la mañana, por un momento, todos los ciudadanos detuvieron sus actividades para honrar la memoria de los 6 millones de judíos que fallecieron en los campos de exterminio nazis.

Conocemos de primera mano las historias de los campos de exterminio porque fueron contadas por tres grandes escritores sobrevivientes: el austriaco, Jean Amery; el italiano, Primo Levi y el húngaro, Imré Kerstesz; todos ellos fueron testigos, víctimas, narradores y escritores del infierno nazi. Los tres estuvieron presos en Auschwitz: el terrorífico campo de concentración, en Polonia. Ocupada, sí. Colaboracionista, también.

En las primeras páginas de ¿Esto es un hombre?, Primo Levi habló de la delación de los vecinos, cuyas filtraciones a la SS enviaban a los judíos a la muerte: El amanecer nos atacó a traición; como si el sol naciente se aliase con los hombres en el deseo de destruirnos. En Más allá de la culpa y la expiación, Jean Amery, precisa las características del método de destrucción: disolución del yo, aniquilación de la confianza, arrebato del locus mediante el traslado a los campos de exterminio mediante la tortura que es el acontecimiento más atroz que un ser humano puede conservar en su interior.

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