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“Ellos somos nosotros. Nosotros somos ellos”
Jacinda Ardern, Primera ministra de Nueva Zelanda

El hombre que realizó el ataque a dos mezquitas en Nueva Zelanda se convirtió en multihomicida a los ojos de cientos de miles porque así lo decidió. No le bastaba la barbarie, impulsada por su fanatismo xenófobo supremacista. Quería el testimonio en movimiento para enaltecer su ego y causar miedo. Aspiraba a la equivocada gloria que sólo la tecnología y las redes podían darle.

Proliferan en el mundo estos alardes en videos, con la violencia como protagonista y los verdugos como sus súbditos. Sucede también en México. Bandas delincuenciales, exhibicionistas de la violencia, ostentan sus amenazas o su crueldad para amedrentar a sus rivales y atemorizar a las poblaciones.

Sus intenciones tienen eco porque hay quienes, horrorizados o entusiasmados, abrumados o inconscientes, se precipitan a difundir la atrocidad sin responsabilidad.

El asesino de Nueva Zelanda contaba con ello. Facebook informó que en las 24 horas posteriores al atentado bajó 1.5 millones de reproducciones del video, logró detener un 1.2 millones y removió 300 mil cuando ya circulaban en las redes.

El supremacista que agrede, el terrorista que estalla en medio de una multitud, los sicarios que asesinan en lugares concurridos, quieren causar temor e incertidumbre. Son los productores del espectáculo del miedo. Matan a unos y aterrorizan a todos. Así, millones ven lo que probablemente jamás padecerán, pero altera las fibras de su tranquilidad.

Hay quienes creen que no es que haya ahora más violencia en el mundo, sino que ahora nos enteramos más, y más rápido, de lo que pasa. El exhibicionismo de algunos asesinos hace pertinente la tesis opuesta: ¿no será que hay más violencia precisamente porque hay más difusión? ¿Alienta ésta a mentes propicias que aspiran a esos dos minutos de notoriedad y a la fácil y malhadada promoción de sus causas?

Ni las tesis supremacistas que conducen al desprecio del otro, ni el terrorismo que pretende imponer miedo, ni las exhibiciones delincuenciales de crueldad y fuego deben encontrar espacios en nuestras redes ni en nuestro ánimo.

Apunta Yuval Noah Harari: los terroristas (y los asesinos supremacistas) montan un espectáculo aterrador que se apodera de nuestra imaginación y la vuelve contra nosotros. ¿Podemos hacer algo? En tanto recuperamos la paz, iniciemos por no contribuir a la difusión de la barbarie y liberar a nuestra imaginación del cautiverio al que pretenden someternos los vasallos de la violencia.

Cortesía de EL HERALDO DE MÉXICO

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