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A raíz de las declaraciones del presidente electo, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), de que México es un país ‘en bancarrota’, algunas personas tienen una sincera duda sobre si México está o no en esa situación. Por otro lado quedan los fanáticos que creen a pie juntillas lo que declare su líder, sea lo que sea, y hasta lo defienden sin importar lo absurdo que sea.

Para ser justos, la realidad es que no es asunto de blanco o negro, sino que hay matices: nuestro país no ha alcanzado el nivel de desarrollo que debería, pero eso no quiere decir que no tengamos ni para pagar lo que debemos.

Partimos pues de ahí: México no está en la ruina.

Claro, es cierto que el crecimiento económico no ha sido el que todos quisiéramos. Banco de México por ejemplo, pronostica que la economía nacional crecerá entre 2 y 2.6 por ciento este año –en definitiva una tasa insuficiente-, con una inflación en niveles de entre 3.8 y 4.2 por ciento, un poco elevada.

Pero con tan sólo ver estos dos datos tenemos una señal de que NO hay una situación de crisis económica y menos aún de quiebra, como las que ya ha enfrentado nuestro país en el pasado, con recesiones que implicaron una fuerte caída del Producto Interno Bruto (PIB), disparo del desempleo, el tipo de cambio; y tasas de inflación anual de 2 o hasta 3 dígitos.

Pero además, los datos más actualizados del segundo trimestre de 2018, publicados por la Secretaría de Hacienda, reportan que se está cumpliendo con las metas de déficit de 2.5 por ciento del PIB, y que se tiene un superávit primario (lo correcto sería tener un verdadero equilibrio en vez de un ‘superávit primario’, que sigue siendo un déficit fiscal cuando se considera el servicio de la deuda, como debe ser).

Gracias a eso, el Saldo Histórico de los Requerimientos Financieros del Sector Público (SHRFSP) –la medida más amplia de la deuda gubernamental-, que ascendió al mes de julio a más de 9 billones 995 mil millones de pesos, sigue siendo consistente con los techos de endeudamiento aprobados por el Congreso, y con el objetivo de que la deuda pública continúe una trayectoria descendente.

 

Por eso en la gráfica de arriba puede notar cómo el SHRFSP como porcentaje del PIB, que ‘explotó’ al alza durante los primeros cuatro años de Peña Nieto, ya comenzó a descender desde 2017, y se proyecta que mantenga esa tendencia bajista al cierre de este año.

Ahora, en la gráfica de abajo podemos ver el nivel de reservas internacionales del Banco de México (Banxico) desde diciembre de 2012, que si bien ya no tienen una tendencia alcista, se han estabilizado gracias a que ya no se interviene el mercado ‘quemando’ dólares para influir a la baja en el tipo de cambio (ahora se recurre a coberturas liquidables en pesos).

La cifra más reciente de reservas internacionales es de 173.5 mil millones de dólares.

Reitero: tan solo con estos sencillos datos, fáciles de verificar, cualquiera sin mayores conocimientos de finanzas o economía puede comprobar que el país no está en la quiebra. Somos solventes. Por eso no necesitamos ‘rescates’ del FMI, como Argentina y tampoco tenemos cerrado el acceso al crédito internacional –ni hemos caído en impago-, como Venezuela.

A pesar de lo anterior, la lección histórica es que las condiciones económicas se pueden deteriorar muy rápido si no se tiene un manejo responsable de las finanzas públicas.

Por eso preocupa que AMLO siga haciendo compromisos mutuamente excluyentes: por un lado reitera que no habrá déficit ni crecimiento de la deuda, mientras por otro insiste en que cumplirá todas sus promesas de campaña. Para esto último no hay presupuesto que alcance, y su equipo económico lo sabe de sobra.

AMLO a alguien le va a quedar mal: a los que le exigimos disciplina fiscal, o a quienes les prometió todo lo que querían escuchar. Si le queda mal a estos últimos, pagará un alto costo político junto a su partido, Morena, pero la economía seguirá saliendo adelante como hasta ahora. Si en cambio queda mal con las finanzas públicas, será sólo cuestión de tiempo para que ahora sí, entremos en bancarrota.

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