La relación México–EU y su impacto en la economía

Tradicionalmente, la economía mexicana había estado basada fundamentalmente en la extracción de rentas producto de la explotación de recursos naturales y del otorgamiento de concesiones, licencias y licitaciones por parte del Estado a particulares. Así, la gran parte de nuestra historia económica careció de la suficiente generación de patentes, innovación y emprendedores, lo que ha impedido nuestro pleno desarrollo. Adicionalmente, provocó, a lo largo de muchas décadas, que la relación gobierno–empresa privada se fuera haciendo tremendamente dependiente para subsistir la segunda de la primera y, ¿por qué no decirlo?, bajo la lógica de la corrupción. Hay que señalar, sin embargo, que existen importantes empresas que en lo sustantivo no dependen del gobierno, salvo en la obligación de proporcionar estabilidad macroeconómica, Estado de Derecho y certidumbre. En mi opinión, no fue hasta la madurez de nuestra relación económica con EU, producto del TLCAN, que comenzó a surgir un considerable número de empresas y emprendedores que, más que buscar una relación directa con el gobierno, han pretendido dar valor a sus negocios como proveedores y abastecedores de la mayor y más tecnificada economía del mundo.

Esta es la razón por la que debemos aplaudir la decisión del presidente Andrés Manuel López Obrador de buscar a toda costa preservar nuestra privilegiada relación económica con EU. La capacidad de diálogo del presidente, la habilidad de negociación del canciller Marcelo Ebrard y el necesario fortalecimiento futuro del equipo económico son garantes de la estabilidad comercial del país, y aún más de la preservación de la nueva clase empresarial mexicana surgida hace 25 años con el TLCAN. No son sólo los 360,000 millones de dólares anuales de ventas de productos nacionales hacia EU, es la garantía de que en México las puertas de la creación de nuevas empresas privadas se mantenga abierta, al mismo tiempo que la ciencia y tecnología continúen abriéndose paso en la construcción de un mayor valor agregado en la economía, así como la factibilidad de que el desarrollo regional sea una realidad en el futuro. Con ello, la equívoca e insana interpretación del concepto de soberanía nacional se interpreta correctamente, siendo el punto de partida para una era de cooperación e integración entre México y EU, con el agregado de contar con Canadá como potente complemento de lo que sigue siendo la región económica con el mayor potencial del planeta.

Y es que por años pretendimos separar la parte álgida de la relación bilateral, caracterizada por la migración y el narcotráfico, de la suave integración que genera el comercio. No obstante, esta estrategia era inviable e insostenible. No se puede pretender sólo recibir los beneficios de la entrada de millones de productos detrás de miles de millones de dólares y la integración a las cadenas de valor internacionales sin que se atienda la realidad de compartir la frontera más compleja que existe en el mundo. Hay que quitarnos el disfraz y entender que es inevitable que los temas de la migración ilegal y la venta de drogas se pusieran en la misma mesa de lo comercial. Pretender que estuviesen separados a perpetuidad era ingenuo, como lo es buscar que EU se abstenga de la urgente necesidad de apoyar la agenda de desarrollo del presidente para el sur del país y Centroamérica. Es necesario que los beneficios del T-MEC vayan trasladándose al sur del continente con la obligación de que lleguen de forma acelerada. El sur de México, Honduras, El Salvador, Guatemala, Costa Rica y Belice están llamados a ser parte de Norteamérica, y nuestro gobierno puede ser quien ponga la semilla para lograrlo, lo que puede ser una de sus principales aportaciones históricas. La crisis de desarrollo de los estados del sur contrasta con los niveles de crecimiento del centro y norte, que alcanza tasas de más de 4% anual.

Este hecho pone al gobierno del cambio frente al reto de establecer un modelo económico que atienda a las dos realidades del país, la que presenta un México en franco proceso de desarrollo que no se puede detener, y la que nos muestra que la economía número 13 del mundo se encuentra con estados enteros en el subdesarrollo, 40 millones de habitantes en pobreza, de los cuales 14 millones son indígenas completamente marginados. El reto no es fácil, máxime ante la realidad de que el gobierno no lo puede, ni lo debe hacer todo. El gasto público y la estabilidad macroeconómica son sólo el requisito de arranque. Empero, es la participación de la Iniciativa Privada, a través de la inversión y la cooperación internacional, el fondo de nuestro desarrollo económico de largo plazo. Con haber logrado que Donald Trump no nos imponga aranceles al comercio, las dudas en materia económica que se han venido teniendo sobre nuestro gobierno, el presidente nos ha demostrado claramente su sensibilidad por el libre comercio y su empatía con los que menos tienen. Eso hay que reconocerlo.

Cortesía de EL ECONOMISTA

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