Todas las entradas de: Carlos Alberto Martínez

Covid-19 o dinero, qué está prefiriendo la gente

Notoriamente la respuesta pareciera simple: el dinero. La realidad nos indica que sólo 44% de los mexicanos están confinados. Al ver las ciudades relativamente vacías pareciera lo contrario a la estadística; el hecho de que no haya clases, que haya coincidido la Semana Santa, y el No Circula ofrecen un espejismo. Con ver a toda hora las estaciones del metro, el transporte público, las fiestas de los pueblos, las reuniones en las casas, los súpermercados y tianguis, así como tiendas y fábricas abiertas clandestinamente, las cosas son claras. Lo mismo ocurre con los miles de repartidores de comida, los empleados de seguridad y limpieza, taxistas y vendedores ambulantes; es mejor comer que tener Covid, pareciera el raciocinio.

Podemos irnos más allá: en economías como la mexicana, en donde la conectividad a internet es muy deficiente y no existen las condiciones reales para hacer el muy primer mundista home office, no podemos engañarnos con el cuento del confinamiento. Lo importante de la razón que explica la baja respuesta al confinamiento es la necesidad de las personas por salir a conseguir dinero para cubrir sus necesidades; el ser humano lo ha hecho por milenios. Esta realidad no es única para los más necesitados, todos con trabajo o sin éste, salen día a día buscando más ingresos. Actualmente las personas que más están en las calles son aquellas que viven al día o tienen un empleo que tienen que cuidar porque saben que hay mucha gente disponible para ocupar su puesto.

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La solidaridad humana, única salida al Covid-19

En los últimos años, la vida humana se había convertido en un exceso de individualismo. El individuo, sus necesidades básicas, el nihilismo, sus gustos, pasiones y aspiraciones estaban por encima de todo. Así, los procesos económicos e incluso la función del gobierno a través del Estado orientaron sus incentivos y acción a dirigirse al individuo por encima de lo colectivo. El individuo se encumbró por arriba de la sociedad. El dilema antagónico planteado por las ideologías capitalista y comunista ya no es aplicable en estos tiempos de retos universales como el manejo de pandemias, crisis de solvencia moral y económica estatal, deshumanización del capitalismo, fracaso del bienestar comunista, y el increíble avance tecnológico, así como el reto migratorio sin precedentes. Ninguna de las aplicaciones prácticas de estas dos propuestas ideológicas dio, ni darán, respuesta a los retos que tenemos enfrente. El falso dilema de que primero va el bienestar del individuo y con ello se produce el bienestar colectivo ha sido tan falaz como el inverso, que nos dice que es el bienestar colectivo el que va primero y una vez logrado, el individuo naturalmente estará bien. Ya llegó la hora en que la sociedad avance más allá de estos modelos que nada logran en beneficio real colectivo, ya que el primero se queda en lo díscolo del sólo yo y, el otro, se queda en el rollo de repartir lo que no hay ni se genera. El individualismo de los dos modelos quedó atrás y no tendrá cabida en el nuevo mundo. Hay que abrir paso a lo colectivo, a la solidaridad con rostro humano con menos rollo ideológico-romántico del comunismo y menos materialismo obsceno del capitalismo.

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Covid-19: replantear al Estado y al mercado

Las cosas no estaban bien antes de la pandemia del virus chino Covid-19. Las deficiencias estructurales mundiales provocadas por la incursión de una impresionante cantidad de mano de obra barata por parte de China y detrás países, como la India, enviando millones de toneladas de productos baratos al planeta están cobrando altas facturas localmente. Lo mismo la proliferación de cantidades importantes de frustración social derramadas en las redes sociales y una evolución tecnológica sin precedente que el ser humano no está procesando correctamente, comenzaron a poner en duda muchas de las estructuras institucionales establecidas. Al tiempo de la existencia de una fuerte lucha por el poder hegemónico global en lo tecnológico, militar y comercial que ha perturbado la relativa normalidad de la convivencia humana. Ante lo anterior, es poco lo que los individuos pueden hacer. El acercarse a los valores morales y familiares, así como meditar en las bondades de fortalecer más el espíritu que el consumo, están siendo la alternativa que pocos visualizan.

En este contexto, algunos cuestionan a la economía de libre mercado, si bien no por ser la causante de la pobreza, sí por la obscena y excesiva acumulación de capital en muy pocas manos y, en su caso, hacer poco por evitar las desigualdades y la marginación. Incorrectamente se ha interpretado que este modelo económico ha promovido, por ejemplo, que basta con tener un celular y conexión a wifi para que todos seamos iguales. Igualmente, la noción de que sólo se trabaja un par de horas al día y el resto dedicarlo al ocio y uso desmedido de redes sociales, lo que iba a resolver nuestros problemas de vivienda, salud, comida, educación y transporte. También el dar rentas mensuales a las empresas tecnológicas para convertirnos cada vez más dependientes de ellas al grado de que controlen lo que vemos, cuántos pasos damos al día y en qué creemos. La economía de mercado no es lo anterior; sin embargo, el debate público en muchas naciones lo viene perdiendo.

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China, la responsable de la pandemia

China vuelve a sorprender al mundo con un nuevo virus convertido en pandemia. Bajo la enferma idea de contener la expansión del comunismo y el deseo de incorporar al país más poblado de la tierra a la economía de libre mercado, las naciones de occidente han permitido a la República Popular China y sus apéndices del mundo desarrollado, Singapur, Hong Kong y Taiwán, hacer lo que han querido sin dar cuentas a nadie.

A lo largo de los años, los países desarrollados movieron su industria y buena parte de su conocimiento tecnológico a aquel país para aprovecharse de su abundante mano de obra barata, sus nulos derechos laborales y su falta de respeto a los más elementales derechos humanos, para obtener millones de productos a bajo costo e introducirlos a sus economías.

Por largo tiempo, los ciudadanos de estos países gozaron de productos baratos mientras las grandes compañías multinacionales se enriquecían obscenamente, trasladando estas prácticas trasnacionales al resto del mundo. El beneficio terminó cuando los ciudadanos del mundo desarrollado comenzaron a perder sus trabajos y hoy se remata con un nuevo virus mortal que nos han regalado por la insana práctica de invadir el espacio natural de los animales.

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La relación México–EU y su impacto en la economía

Tradicionalmente, la economía mexicana había estado basada fundamentalmente en la extracción de rentas producto de la explotación de recursos naturales y del otorgamiento de concesiones, licencias y licitaciones por parte del Estado a particulares. Así, la gran parte de nuestra historia económica careció de la suficiente generación de patentes, innovación y emprendedores, lo que ha impedido nuestro pleno desarrollo. Adicionalmente, provocó, a lo largo de muchas décadas, que la relación gobierno–empresa privada se fuera haciendo tremendamente dependiente para subsistir la segunda de la primera y, ¿por qué no decirlo?, bajo la lógica de la corrupción. Hay que señalar, sin embargo, que existen importantes empresas que en lo sustantivo no dependen del gobierno, salvo en la obligación de proporcionar estabilidad macroeconómica, Estado de Derecho y certidumbre. En mi opinión, no fue hasta la madurez de nuestra relación económica con EU, producto del TLCAN, que comenzó a surgir un considerable número de empresas y emprendedores que, más que buscar una relación directa con el gobierno, han pretendido dar valor a sus negocios como proveedores y abastecedores de la mayor y más tecnificada economía del mundo.

Esta es la razón por la que debemos aplaudir la decisión del presidente Andrés Manuel López Obrador de buscar a toda costa preservar nuestra privilegiada relación económica con EU. La capacidad de diálogo del presidente, la habilidad de negociación del canciller Marcelo Ebrard y el necesario fortalecimiento futuro del equipo económico son garantes de la estabilidad comercial del país, y aún más de la preservación de la nueva clase empresarial mexicana surgida hace 25 años con el TLCAN. No son sólo los 360,000 millones de dólares anuales de ventas de productos nacionales hacia EU, es la garantía de que en México las puertas de la creación de nuevas empresas privadas se mantenga abierta, al mismo tiempo que la ciencia y tecnología continúen abriéndose paso en la construcción de un mayor valor agregado en la economía, así como la factibilidad de que el desarrollo regional sea una realidad en el futuro. Con ello, la equívoca e insana interpretación del concepto de soberanía nacional se interpreta correctamente, siendo el punto de partida para una era de cooperación e integración entre México y EU, con el agregado de contar con Canadá como potente complemento de lo que sigue siendo la región económica con el mayor potencial del planeta.

Y es que por años pretendimos separar la parte álgida de la relación bilateral, caracterizada por la migración y el narcotráfico, de la suave integración que genera el comercio. No obstante, esta estrategia era inviable e insostenible. No se puede pretender sólo recibir los beneficios de la entrada de millones de productos detrás de miles de millones de dólares y la integración a las cadenas de valor internacionales sin que se atienda la realidad de compartir la frontera más compleja que existe en el mundo. Hay que quitarnos el disfraz y entender que es inevitable que los temas de la migración ilegal y la venta de drogas se pusieran en la misma mesa de lo comercial. Pretender que estuviesen separados a perpetuidad era ingenuo, como lo es buscar que EU se abstenga de la urgente necesidad de apoyar la agenda de desarrollo del presidente para el sur del país y Centroamérica. Es necesario que los beneficios del T-MEC vayan trasladándose al sur del continente con la obligación de que lleguen de forma acelerada. El sur de México, Honduras, El Salvador, Guatemala, Costa Rica y Belice están llamados a ser parte de Norteamérica, y nuestro gobierno puede ser quien ponga la semilla para lograrlo, lo que puede ser una de sus principales aportaciones históricas. La crisis de desarrollo de los estados del sur contrasta con los niveles de crecimiento del centro y norte, que alcanza tasas de más de 4% anual.

Este hecho pone al gobierno del cambio frente al reto de establecer un modelo económico que atienda a las dos realidades del país, la que presenta un México en franco proceso de desarrollo que no se puede detener, y la que nos muestra que la economía número 13 del mundo se encuentra con estados enteros en el subdesarrollo, 40 millones de habitantes en pobreza, de los cuales 14 millones son indígenas completamente marginados. El reto no es fácil, máxime ante la realidad de que el gobierno no lo puede, ni lo debe hacer todo. El gasto público y la estabilidad macroeconómica son sólo el requisito de arranque. Empero, es la participación de la Iniciativa Privada, a través de la inversión y la cooperación internacional, el fondo de nuestro desarrollo económico de largo plazo. Con haber logrado que Donald Trump no nos imponga aranceles al comercio, las dudas en materia económica que se han venido teniendo sobre nuestro gobierno, el presidente nos ha demostrado claramente su sensibilidad por el libre comercio y su empatía con los que menos tienen. Eso hay que reconocerlo.

Cortesía de EL ECONOMISTA