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La noche del 14 de abril de 2013, seguí con atención las elecciones en Venezuela que tras la muerte de Hugo Chávez significaban más que un cambio de partido o de gobernante. Se trataba, pensé entonces, de la oportunidad de liberación del pueblo venezolano por vías institucionales; una rara ocasión en la que se podría recuperar la libertad sin tener que pagar con sangre por ello.

El desgaste del régimen chavista abría la posibilidad de éxito del joven Henrique Capriles, un político y candidato con experiencia y que no conocería la derrota, sino hasta las últimas horas de esa fecha. Chávez se impuso con el 50.6% de los votos frente a un digno rival que ganó el 49.1% de los sufragios.

Esa noche, no alcancé a proyectar cuán difícil sería la gestión de Maduro ni lo complicado que resultaría salir del callejón sin salida político, al que condenó a los venezolanos.

En cualquier democracia funcional, el gobierno habría tenido que negociar constantemente con una oposición fuerte: no fue el caso de Venezuela. Capriles recibió, a cambio, la hostilidad del Presidente Maduro que se extendió además a todos los vértices de las voces opositoras: de diputados a gobernadores.

Cinco años después, Nicolás Maduro convocó a elecciones no sin antes cerrar todos los caminos legales a la oposición: quitó el registro a los partidos y encarceló a los candidatos. Maduro organizó una elección de Estado que no es más que una simulación democrática, un fingimiento electoral, con el que quiere maquillar su rostro de dictador.

Pero, no engaña a nadie. Los mayores de edad intelectual, como los describió Kant, nos valemos de nuestro propio entendimiento para reconocer las patrañas jurídicas a las que Maduro ha recurrido; primero, encarceló en condiciones inhumanas a Leopoldo López, el principal opositor al régimen quien ahora cumple una condena bajo el modelo de Casa por Cárcel y tiene, por tanto, suspendidos sus derechos políticos. También, inhabilitó a Henrique Capriles para que no hubiera un candidato fuerte que haga sombra alguna a la hoguera de su vanidad.

Así, sin competencia y sin rival, hace el montaje de unas elecciones sin credibilidad alguna y cargadas de reproches nacionales e internacionales. Será un Presidente electo pero ilegítimo y antidemocrático.

Y no es que la oposición quiera ser víctima, pero Maduro y su derroche de poder, su total desprecio por la razón y por las leyes, así como su prepotencia han bloqueado las opciones de diálogo. Lamento escribirlo, pero frente a la sinrazón, la única opción que queda es la violencia.

Hoy sabemos que la noche del 14 de abril de 2013 se extinguió la posibilidad de la alternancia por vías institucionales la MUD, Mesa de la Unidad Democrática, aún no decide si participará en la contienda que podría llevarse a cabo a mediados de marzo; también, que la sangre opositora correría por las manos del presidente. Ésa fue una noche aciaga y definitiva.

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